Expectativas de inflación
Las expectativas de inflación son lo que hogares, empresas e inversores creen que subirán los precios en el futuro. Importan porque esa creencia determina los salarios que se pactan y los precios que se fijan hoy: la expectativa acaba fabricando el resultado.
Ningún precio se fija mirando solo al pasado. Una empresa que revisa su tarifa una vez al año no pregunta cuánto ha subido la inflación, sino cuánto subirá durante los doce meses en que ese precio estará vigente. Un sindicato que negocia un convenio a tres años hace lo mismo. Cuando todos actúan así, las expectativas dejan de ser una predicción y se convierten en una causa: son uno de los motores de la inflación por derecho propio.
De las expectativas adaptativas a las racionales
La macroeconomía de los años cincuenta y sesenta asumía expectativas adaptativas: la gente proyecta hacia adelante lo que ha visto en el pasado reciente. Es una descripción razonable de la inercia inflacionista, pero implica que se puede engañar sistemáticamente a los agentes con inflación sorpresa, lo que sostenía la lectura ingenua de la curva de Phillips.
Milton Friedman y Edmund Phelps, a finales de los sesenta, y después la escuela de expectativas racionales, desmontaron esa idea: si el banco central sube la inflación de forma sistemática, los agentes aprenden y la anticipan, y el estímulo deja de funcionar. La estanflación de los setenta les dio la razón empíricamente. Desde entonces, toda la política monetaria moderna se organiza alrededor de la gestión de expectativas.
Cómo se miden
No se observan directamente, así que se estiman por tres vías complementarias:
- Encuestas a expertos. El BCE y la Reserva Federal encuestan periódicamente a analistas profesionales; Banxico y otros bancos centrales latinoamericanos publican encuestas equivalentes. Son las más estables y las más citadas.
- Encuestas a hogares y empresas. Menos precisas —los hogares tienden a sobrestimar la inflación futura y a fijarse en los precios que ven a diario— pero muy relevantes, porque quienes negocian salarios y fijan precios son ellos, no los analistas.
- Medidas de mercado. La diferencia de rentabilidad entre un bono nominal y otro indexado a la inflación al mismo plazo —el breakeven de inflación— y los swaps de inflación revelan qué está descontando el mercado. Se actualizan en tiempo real, pero incorporan primas de riesgo y de liquidez, así que no son expectativas puras.
El indicador estrella: el 5 años dentro de 5 años
Los bancos centrales prestan una atención desproporcionada a la expectativa de inflación a cinco años dentro de cinco años (el 5y5y forward). La razón: a ese horizonte cualquier choque de energía, cualquier ciclo económico y cualquier medida de política actual ya se habrá disipado. Lo único que queda reflejado es la confianza del mercado en que el banco central cumplirá su objetivo. Si esa cifra se mantiene cerca del 2 %, las expectativas están ancladas; si se despega, el banco central ha perdido el control del relato.
Anclaje: el activo más valioso de un banco central
Decimos que las expectativas están ancladas cuando la inflación esperada a largo plazo apenas reacciona a las noticias de corto plazo. Un banco central con expectativas ancladas puede permitirse mirar a través de un choque energético sin subir tipos, porque sabe que nadie va a extrapolarlo. Uno con expectativas desancladas tiene que reaccionar a todo, y de forma más brusca.
El anclaje se construye con credibilidad, y la credibilidad tiene tres pilares: un objetivo numérico explícito y público, independencia frente al poder político y un historial de haberlo cumplido. Por eso los bancos centrales repiten su compromiso con el 2 % con una insistencia que a veces parece ritual: la repetición es el instrumento.
Cuando el ancla se suelta
El desanclaje no es un interruptor, sino un proceso. Suele empezar por las expectativas a corto plazo, que reaccionan a los precios visibles —combustible, alimentos—; después contamina la negociación salarial y la fijación de precios de las empresas; y solo al final se traslada a las expectativas de largo plazo. Cuando llega a ese punto, la inflación subyacente se vuelve pegajosa y el coste de revertirla se dispara: es la lección de los años setenta y de las economías con inflación crónica, donde la indexación generalizada convierte la inflación pasada en inflación futura de forma casi automática.
El extremo lo ilustra la hiperinflación: cuando nadie cree que el dinero vaya a conservar su valor, todos gastan de inmediato, la velocidad de circulación se dispara y los precios se descontrolan mucho más deprisa de lo que crece la cantidad de dinero. La expectativa, en ese punto, se ha convertido en la causa principal.