Inflación en Perú
Perú pasó de sufrir una de las hiperinflaciones más severas del siglo XX a tener, tres décadas después, una de las inflaciones más bajas y estables de América Latina. Es probablemente el caso más contundente de que la inflación crónica no es un destino nacional, sino el resultado de un régimen económico concreto.
La hiperinflación de 1988-1990
El colapso peruano fue el final de un proceso largo: déficits fiscales financiados con emisión del banco central, controles de precios y de tipo de cambio, subsidios crecientes y una economía cada vez más cerrada. A partir de 1988 la inflación se desbocó y Perú entró en hiperinflación plena, con tasas mensuales de tres dígitos en los peores momentos y una inflación acumulada en 1990 del orden de varios miles por ciento.
La moneda no resistió el proceso. El sol de oro fue sustituido por el inti en 1985; el inti se depreció tan rápido que en 1991 hubo que crear el nuevo sol, equivalente a un millón de intis. En cinco años el país cambió dos veces de unidad monetaria y eliminó seis ceros. Los efectos sociales fueron los característicos de estos episodios: destrucción del ahorro en moneda local, dolarización espontánea de precios y contratos, escasez y una caída brutal de los salarios reales.
La estabilización
El programa de agosto de 1990 —conocido popularmente como fujishock— combinó una corrección brusca de los precios controlados y del tipo de cambio con un ajuste fiscal drástico y el fin de la financiación monetaria del déficit. La inflación cayó en picado durante los años siguientes, aunque tardó varios ejercicios en llegar a un solo dígito y el coste social del ajuste fue muy elevado.
La pieza duradera fue institucional: la Constitución de 1993 consagró la autonomía del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP), le asignó la finalidad exclusiva de preservar la estabilidad monetaria y le prohibió expresamente financiar al Tesoro. Esa prohibición es el cortafuegos que separa el Perú anterior del posterior: sin dominancia fiscal, la inflación deja de ser una variable política.
Una de las metas más bajas de la región
El BCRP adoptó un esquema explícito de metas de inflación a comienzos de los años dos mil. Su objetivo es del 2 % anual, con un rango de tolerancia de un punto porcentual a cada lado: la misma cifra que persiguen el BCE o la Reserva Federal, y por debajo del 3 % habitual en Colombia, Chile o México. La elección de una meta tan exigente fue deliberada: en una economía todavía parcialmente dolarizada, una inflación baja era la condición para que la gente volviera a confiar en su propia moneda.
Cómo se mide y quién lo hace
El INEI (Instituto Nacional de Estadística e Informática) publica mensualmente el índice de precios al consumidor. Durante mucho tiempo la referencia oficial fue el IPC de Lima Metropolitana, que sigue siendo el dato más seguido, aunque el instituto difunde también un índice de cobertura nacional y desagregaciones por ciudades. El BCRP, por su parte, hace seguimiento de la inflación sin alimentos y energía, su medida de inflación subyacente, y de las expectativas recogidas en sus encuestas mensuales a empresas y analistas.
Desdolarización: el indicador silencioso del éxito
Al salir de la hiperinflación, la mayor parte de los depósitos y créditos peruanos estaba denominada en dólares: nadie quería ahorrar ni prestar en soles. Recuperar el uso de la moneda nacional llevó dos décadas de inflación baja y de políticas específicas —encajes diferenciados por moneda, desarrollo del mercado de deuda en soles, emisión de bonos soberanos a largo plazo en moneda local— y el resultado es que hoy la mayor parte del crédito y del ahorro del sistema financiero peruano está en soles.
Ese cambio importa más de lo que parece: una economía dolarizada es vulnerable, porque una depreciación de la moneda dispara el valor en moneda local de las deudas de familias y empresas que cobran en soles. Reducir la dolarización es, en la práctica, reducir el riesgo financiero del país entero. La lección es la misma que se extrae de las expectativas de inflación: la confianza en la moneda es un activo que tarda años en construirse y que se pierde en meses.
Los desafíos actuales
La inflación peruana ha sido baja pero no inmune. Sus fuentes de presión son estructuralmente externas: los precios internacionales de alimentos —el país importa buena parte de los cereales que consume—, la energía, el tipo de cambio y, ocasionalmente, los choques climáticos asociados al fenómeno de El Niño, que afectan a la producción agrícola y pesquera. A ello se ha sumado en los últimos años una notable inestabilidad política, frente a la cual el BCRP ha operado como una de las pocas instituciones con continuidad técnica reconocida, lo que constituye por sí mismo un argumento sobre el valor de la independencia descrita en bancos centrales.